El sufrimiento de la menor hasta que el Tribunal Supremo ha puesto sentido común al conflicto

Rosa M.ª Coba Sánchez.

Psicóloga.

El pasado viernes 6 de abril, el Tribunal Supremo dictó sentencia en relación a un asunto en el que he trabajado como psicóloga, participando como perito del caso. Todo empezó en 2009, hace 7 años. La protagonista, una niña que en la actualidad cuenta con 10 años y que cuando sus padres se separaron tenía 3.

Por razones más que evidentes basadas en mi obligación deontológica de guardar secreto profesional, la lógica protección a la intimidad de las personas y en particular de los menores, así como al pudor que me produce en sí exponer ciertas cuestiones, no voy a hablar de ella de forma expresa pero lo que más deseo al escribir estas líneas, (que aún partiendo de este caso, pretendo generalizar a otros muchos) es que el lector no deje ni un instante de pensar en “ella”.

“Ella” puede ser cualquiera de los niños que todos conocemos, nuestro hijo, nuestra sobrina, el vecino…. Una niña cuyos padres se separaron un día y ha vivido con unos condicionantes muy particulares todos estos años y siendo la protagonista involuntaria. Condicionantes que son el hilo conductor de una secuencia demasiado costosa, demasiado absurda, demasiado inhumana y plagada de despropósitos.

Ambos progenitores, al separarse, solicitaron desde el primer momento la custodia de la menor y lo que a priori era un caso “redondo” para la atribución de la custodia compartida, de repente se tornó sombrío, con interminables curvas cerradas y al borde del precipicio en muchas ocasiones. La madre interpuso varias denuncias de malos tratos y amenazas contra el que había sido su pareja y padre de “ella”. Al poco, otra denuncia, esta vez por abusos hacia la menor. Ahí es nada.

La absolución de las primeras y el archivo de la segunda fue el resultado tras años de juicios y recursos. Emociones al límite, desgaste brutal, heridas infectadas… ¿Y “ella”?

La causa penal, una vez fue cerrada, continuó mediatizando las resoluciones que el mecanismo administrativo y judicial iba devolviendo a los progenitores hasta llegar el caso al Tribunal Supremo, donde sí han estimado el recurso interpuesto por el padre, reclamando la modificación de las medidas acordadas en la sentencia de divorcio, que atribuyó a la madre la custodia, entre otras cosas.

Lo destacable de esta sentencia es que la absolución penal del delito de maltrato denunciado por uno de los cónyuges respecto del otro debe considerarse un cambio de circunstancias a los efectos del revisar la determinación de la custodia de los hijos. “Dicha absolución constituye un cambio significativo de las circunstancias, dado que fue uno de los elementos que motivaron la denegación de la custodia compartida”.

“Ella” va a vivir desde ahora con su padre y con su madre, las personas que son sus referentes, que le han regalado la vida, que la aman y protegen por encima de todo y que la educan y ayudan para que pueda ser una gran persona: independiente, segura, resolutiva, generosa, solidaria, equilibrada… En realidad, sería estupendo y deseable que esto fuera así. Pero no siempre lo es.

Los hijos no son una propiedad. Son un acto de responsabilidad, el mayor que un ser humano puede contraer. La utilización de los hijos en estos contextos debería ser un delito legal. Lo es, sin la menor duda para mí, desde el punto de vista ético y moral.

Desafortunadamente, no pasamos por un detector de sentido común cuando decidimos ser padres y madres y tampoco existe un sistema en nuestra sociedad, supuestamente civilizada, en el que se ayude y acompañe a las personas que sufren de un modo patológico ante una separación. Demasiados, arrastran consigo al fango más repudiable sus tesoros, y a quien se interponga en el camino, mediante cordones umbilicales que se resisten a cortar en un acto de supremo egoísmo y negligencia.

Los hijos no pueden ser jamás un salvoconducto para la hipoteca, parapetos ante la frustración y la soledad, ni premios o castigos. Los progenitores se separan entre sí, pero los hijos no se separan de nadie. Lo que sí deberíamos separar es el castigo de las consecuencias. Cuando hay una “no condena” penal… ¿por qué tiene que haber consecuencias para el “no condenado”? En esta sentencia, se valora muy especialmente esto, por eso va a ser un caso referente en nuestro país.

Y sobre todo, pensemos en que los “no condenados” son dos, no olvidemos que los menores son los principales condenados, aunque nunca aparecerán en los papeles calificados como tal. De ahí que los menores sean, tristemente, los protagonistas invisibles de la historia.

Esta fisura hace que el “no condenado” quede relegado a no poder estar disponible ante lo que debería primar, que es el derecho de un menor a tener a ambos progenitores en su vida cotidiana activos y cercanos, cuando el resto de circunstancias así lo hagan también posible.

Dicho de otro modo, cuando se abre una causa penal por una denuncia de malos tratos, esto condiciona la atribución de la custodia de los menores. Si tras la pertinente instrucción del caso se determina el archivo o la absolución del denunciado, habitualmente no se tiene en cuenta este importante cambio a la hora de revisar la sentencia referida a la atribución de la guarda y custodia los menores si así es solicitado por el progenitor que fue denunciado y posteriormente absuelto.

¿Estamos preparados como sociedad para afrontar con garantías casos como este? Definitivamente, a día de hoy, no.

¿Quién la protege a “Ella”? Porque mientras juega en el parque o acude al colegio, está siendo la punta de una lanza que hace mucha sangre. Y eso asusta, me temo que también a algunos profesionales que deben tomar decisiones. Otros, ven en el reguero su medio de vida. Pero no la ven a “ella”.

¿Imaginan por un momento cómo deben sentirse unos progenitores, cada cual en un extremo opuesto y muy complejo, ante una misma realidad, contada de forma tan diferente? Yo no solo lo imagino, sino que lo vivo a diario en mi trabajo. Y en todos, absolutamente todos los casos que yo he visto en 20 años de ejercicio profesional hay un denominador común: sufrimiento.

Que inicialmente exista es lógico; una separación no deja de ser el fracaso de un proyecto, pero cuando se convierte en patológico, aparecen problemas. Y parece ser que esto no es contemplado por el sistema con la suficiente perspectiva. Estas personas, las que se estancan en la evolución y/o están especialmente afectadas psicológicamente, se enfrentan al mismo nivel que los demás a la toma de decisiones sobre cuestiones para las que no están preparadas. Si para colmo están mal asesoradas o rodeadas de personas que alientan el despecho… la suerte está echada para “Ella” y para el otro progenitor, que pasa a estar a merced de la incertidumbre y posibles y graves consecuencias del disparate personificado.

Quizás pueda parecer una barrabasada por mi parte lo que voy a decir, pero en muchos casos debería ser necesario e imprescindible pasar por un proceso de acompañamiento, mediación, llamémosle como queramos, en el que las tomas de decisiones sólo pudieran llevarse a cabo en tanto en cuanto la persona haya evolucionado y alcanzado el suficiente equilibrio psicológico para afrontar con garantías esta nueva etapa en su vida.

Muchas personas que “simplemente” están patologizando un momento vital, optan por vías que les convierten en depredadores, comportándose como malas personas, farsantes, despechados o equivocados. Algunos no se convierten, lo son, pero sólo algunos. Tengo la sensación de que la mayoría eligen pésimamente, arrastrados por un enfoque incorrecto, anclados a la distorsión emocional, en paralelo y como retroalimentación al despropósito, las fisuras brutales que tiene el sistema. No se puede dar amparo a las personas que instrumentalizan su sufrimiento utilizando a terceros. Deberíamos generar sistemas de protección y crecimiento emocional.

Y sí, las personas nos equivocamos. Y mucho. Es intrínseco a nuestra condición. Pero no podemos hacerlo utilizando a los menores. Hay límites. El sistema no los gestiona, en mi opinión, correctamente. La grandeza del ser humano, su complejidad, no puede convertirse en un arma de destrucción. Las obvias dificultades que entraña la imprevisibilidad de la conducta humana no deben ser el principal punto de fuga en un sistema altamente tecnificado y burocratizado que malgasta en ocasiones tiempo, recursos materiales y humanos, empeñado en no mirar la realidad de frente y solo hacerlo de un modo parcial.

Poner fin al maltrato o a cualquier forma de abuso, poner a disposición de las víctimas primarias y secundarias todos los recursos necesarios, es algo incuestionable. Llegar hasta el final es algo imprescindible. Si se hace “a medias”, lo que debería ser una solución se convierte en una ratonera que no beneficia a nadie, tampoco a quien interpone una denuncia falsa. Más pronto que tarde es inviable que una persona pueda transitar de un modo factible por la vida con semejante lastre. Pero, mientras tanto…. arrasa dejando cicatrices muy profundas.

Sé que los niños, en los casos en los que los adultos necesiten recorrer ese camino hacia el equilibrio, no se pueden congelar y volver a la vida cuando se esté preparado. Es por eso que la custodia compartida, en numerosos casos, resulta una herramienta terapéutica muy válida en sí misma desde el minuto cero de una separación. Aparta de un plumazo interferencias, ofrece seguridad y da un bofetón de realidad muy necesario. Deja al descubierto lo visible y lo que aparentemente no lo es tanto, ayuda mucho a los protagonistas a observar su nuevo sendero con una perspectiva mucho más sana y nos permite a los profesionales avanzar con la realidad de cada circunstancia de un modo más eficaz.

En definitiva, hacer esfuerzos útiles para que “Ella” y todos, continuemos caminando y avanzando.

(Aclaración: no es mi intención dejar al margen de mi exposición a cualquier estilo y forma de unidad familiar. He elegido utilizar el modelo de familia “tradicional” porque es el más abundante en nuestra sociedad actual y porque es el modelo de referencia ante la sentencia de la que parte mi exposición. Exactamente igual ocurre con la forma de expresarme en masculino y femenino o al usar el genérico “padres” o formas de expresión similares).

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